SEX AND THE SINGLE GIRL. 1964. 110´. Color.
Dirección: Richard Quine; Guión: Joseph Heller y David R. Schwartz, basado en el libro de Helen Gurley Brown; Dirección de fotografía: Charles Lang; Montaje: David Wages; Música: Neal Hefti; Dirección artística: Cary Odell; Producción: William T. Orr, para Richard Quine Productions-Reynard Productions-Warner Bros. (EE.UU.).
Intérpretes: Tony Curtis (Bob Weston); Natalie Wood (Dra. Helen Brown); Henry Fonda (Frank Broderick); Lauren Bacall (Sylvia Broderick); Mel Ferrer (Rudy De Meyer); Fran Jeffries (Gretchen); Leslie Parrish (Susan); Edward Everett Horton (Editor); Larry Storch (Policía de tráfico); Stubby Kaye, Howard St. John, Otto Kruger, Max Showalter, Count Basie and his Orchestra, Barbara Bouchet.
Sinopsis: Un ejecutivo sin escrúpulos de una revista de cotilleos planea conseguir el mayor éxito de la publicación a costa de humillar a la psicóloga Helen Brown, autora de un libro superventas destinado a las mujeres jóvenes.
Tanto en el drama con tintes de cine negro como en la comedia, Richard Quine es el responsable de algunas películas de alto nivel, estrenadas durante las presidencias de Dwight Eisenhower y John Fitzgerald Kennedy, que para muchos representan la era dorada de los Estados Unidos de América en el siglo XX. Al segundo de los géneros mencionados se adscribe La pícara soltera, adaptación de un libro que hizo millonaria a su autora, Helen Gurley Brown. Cabe encuadrar el film dentro de la corriente de la comedia de sexos sesentera, en la que se aúnan el homenaje a los clásicos de los años 30, el incipiente auge de las teorías sobre la liberación de la mujer y la mayor permisividad gubernativa en materia sexual, que pocos años después iba a cristalizar en la derogación del célebre Código Hays. Sex and the single girl, que tal es el título tanto de la película como del libro en que se basa, no está considerada entre las mejores obras de Quine, pero fue un éxito de taquilla, muestra a un cineasta en buena forma y contiene momentos de pura diversión.
Un tema muy discutido en las adaptaciones cinematográficas es la fidelidad de las películas a las obras literarias en que se basan. En Sex and the single girl no hay lugar a la controversia, porque no sólo el film camina por unos derroteros bien distintos a los que sigue el libro de Helen Gurley Brown, sino que el tiempo le concedió un notable giro a sus planteamientos que, según mi criterio, aumenta el valor de esta comedia. Para que quede claro, Sex and the single girl es, en esencia, un tratado para que las jóvenes sepan desenvolverse en una sociedad eminentemente masculina y consigan, además de prosperar y divertirse, encontrar al esposo adecuado. Su autora tenía 40 años cuando se publicó el libro, y estaba casada. Pues bien, lo que hace la película es convertir a esa mujer madura y experta en una joven psicóloga de aspecto virginal que monta en cólera cuando una publicación de marcado tono amarillesco la acusa de dar consejos sobre temas que, en realidad, ignora. Para darle más gracia al asunto, el personaje del despiadado ejecutivo de esa revista parece casi un adelanto de la carrera futura de la auténtica Helen Gurley Brown, quien poco después de estrenarse la película ascendió al cargo de redactora jefe de la revista Cosmopolitan, que ocupó durante más de tres décadas, y su legado fue transformar una publicación rigurosa y respetada por la intelectualidad en una versión mensual del libro que la hizo famosa. He aquí una muestra de cómo la realidad puede hacer que una película sea más divertida para el espectador del futuro de lo que sus creadores pudieron prever. La premisa del film, que en esencia es una picarona comedia de enredos, parte de la pérdida de clientes que la aparición del artículo en la revista supone para la joven psicóloga. No contentos con ello, los responsables de la publicación planean seguir tirando del hilo hasta desenmascarar a quien consideran una farsante y, de paso, forrarse a su costa. El propio ejecutivo principal de la empresa, Bob Weston, asume el encargo con entusiasmo, dispuesto a demostrar que su reputación de ser el tipo más rastrero de la industria editorial es merecida. En su vida privada, Weston tiene una relación sin ataduras con Gretchen, una bella cantante de cabaret. Sucede, sin embargo, que las opciones de Bob de intimar en su apartamento con su amante se van siempre al traste a causa de las escandalosas peleas que su amigo y vecino Frank, responsable de una empresa de medias, mantiene casi a diario con su esposa. Este hecho le da a Bob la clave para solucionar a la vez los dos temas que le preocupan: suplantar a Frank y presentarse ante la doctora Brown como un marido con problemas que busca consejo profesional para salvar su matrimonio.
Al ver Sex and the single girl, el primer nombre que le viene a uno a la cabeza es el de Billy Wilder, pues su influencia en esta obra es mayúscula. Ni Quine ni los guionistas se esconden, porque hay un chiste repetido acerca de uno de los protagonistas de Con faldas y a lo loco, Jack Lemmon… con la otra estrella masculina de aquella película como divertido reclamo. Quine no logra alcanzar a su referente, pese a acercársele en escenas de tanta calidad como la del baile de aniversario de Frank y su esposa, tan emocionante que ni los miembros de la orquesta (la de Count Basie, nada menos) pueden evitar el llanto, o aquella en la que Bob llama a Helen desde el embarcadero diciéndole que se va a suicidar sólo para llamar su atención. En esos momentos, Sex and the single girl es una deliciosa comedia romántica, bastante menos ingenua de lo que aparenta. En el continuo lanzamiento de cuchillos dialécticos entre Frank y Sylvia, su iracunda esposa, resuenan ecos de esa guerra de sexos que tan grandes momentos dio al Hollywood clásico. Sin embargo, en el tercio final la película se decanta hacia el slapstick, y ahí lo frenético de la acción, terreno en el que Quine se muestra más aplicado que virtuoso, no oculta el descenso en las altas cotas de ingenio desplegadas hasta entonces por los guionistas. Sex and the single girl es, al margen de la mencionada secuencia del embarcadero, un film que brilla más en plató que en exteriores, por su sofisticación (ahí tienen mucho que ver los elegantes decorados y, en especial, el vestuario diseñado por Edith Head) y el gancho de los diálogos. Charles Lang, eminente camarógrafo que no sólo había trabajado antes para Quine sino que había iluminado… Con faldas y a lo loco, aporta su saber hacer a una obra luminosa, de calidad visual intachable. Como es obvio, contar con Count Basie es una apuesta musical rotundamente ganadora, que le da un plus de distinción al film.
En toda comedia romántica, la química que desprendan los protagonistas es un elemento primordial. Entre Natalie Wood y Tony Curtis la hay desde la primera escena en que se encuentran, en la consulta de la doctora, cuando el falso Frank le explica desesperado sus tribulaciones conyugales. El personaje de Curtis aúna rasgos de dos de los mejores trabajos de su carrera: el enamorado farsante de esa obra maestra que ya he nombrado dos veces, y el periodista inmoral de Chantaje en Broadway. Divertido y seductor, Curtis se luce en un papel hecho a su medida. Natalie Wood es de esas actrices a las que la cámara parece amar con locura, y su encanto en pantalla es indiscutible. Como, además, tenía talento y una vis cómica que la industria desperdició de manera lamentable, quienes la admiran disfrutarán mucho con el visionado de esta película, en la que borda un personaje ingenuo, pero de gran belleza interior. Se nota que Lauren Bacall disfrutó encarnando a esa mujer de lengua afilada y de armas tomar llamada Sylvia Broderick, un papel que deja claras sus dotes para la comedia. A su lado, Henry Fonda asume con entereza el rol de saco de arena de su celosa media naranja, y la combinación entre ambos da lugar a algunas de las mejores escenas de la película. En cambio, Mel Ferrer se queda muy corto frente al desempeño de sus compañeros, lo cual no es novedad tratándose de él, mientras que Fran Jeffries, futura esposa del director, exhibe gracia escénica y belleza. Una vez más, formidable actuación de Edward Everett Horton, aquí en el papel de editor de una revista basura, y algo sobreactuado Larry Storch como policía de tráfico superado por las circunstancias.
Sex and the single girl es una notable comedia, pese a estar lastrada por un tercio final que no está a la altura de los precedentes. Calidad, sofisticación, equívocos sexuales, gran música y notables actuaciones es lo que ofrece esta película, además de la garantía de hacer pasar un rato divertido a quienes la vean.